Carlos Hernández wakes up to a regular morning in the busy city of Caracas, but on his way to work someone steals his phone. The thief has left him a note. Things are about to get tense, and Carlos needs to act quickly. What do they want from him?

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Aquella mañana, Carlos Hernández salió de su casa, decidido a no dejarse abatir por ningún contratiempo. El hombre lanzó un resoplido de angustia, pues Caracas era bastante conocida como la ciudad de los contratiempos. Él mismo era víctima constante de las consecuencias de vivir en aquel lugar, donde cualquier mínima cosa que pasara, podía desencadenar una calamidad en todos los puntos de la ciudad. Era la mejor representación del Efecto Mariposa.

Carlos era un hombre alto y moreno, un poco gordo y de sonrisa fácil, que no le costaba hacer amigos con facilidad, y por lo general, le encantaba coquetear. Sus ojos eran color café y su mirada se encendía cada vez que veía alguna oportunidad de sobresalir entre los demás, y era reconocido por todos por su entusiasmo. Sin embargo, aquel día fue diferente.

El hombre se metió como pudo, entre tropezones e insultos, en el Metrobús de Altamira, que lo llevaría aquel día al Centro de la ciudad, donde debía acudir a diario para trabajar. Más de una docena de trabajadores, incluido Carlos, esperaron con impaciencia el vehículo que tuvo una hora de retraso aquel día. Como consecuencia, el doble de personas se quejaban mientras esperaban, así como una buena tanda de personas merodeaban por el lugar, listos para colearse cuando llegara el momento. Carlos tropezó y casi cayó al suelo al entrar en el concurrido Metrobús junto a una manada de personas molestas atrás, y cuando levantó la mirada intentó pedirle disculpas a una joven, pero ésta le lanzó una mirada irritada y se apresuró a abandonar el lugar, seguramente sintiéndose sofocada por lo atestado del vehículo.

Carlos Hernández entonces se aflojó un poco la corbata y se acercó como pudo a una de las ventanas del Metrobús, intentando obtener un poco de aire fresco. El Metrobús inmediatamente inició su ruta acostumbrada, esquivando el caos local de la ciudad. Las personas a su alrededor exhibían expresiones molestas o de insatisfacción en sus rostros, hundidos en sus propios pensamientos y problemas. Carlos pensó que seguramente él tenía aquella cara de amargura que mostraban los demás, y que estaría tan sudado como un cochino amarrado al sol. El hombre empezó a hiperventilar inmediatamente, sintiéndose más sofocado, de ser eso posible, y pensó que jamás había imaginado encontrarse a sus 44 años, viejo, cansado y arrugado, pasando toda clase de molestias para ir a trabajar y poder llevar el pan a la mesa en su casa.

El sonido de una moto aproximándose hizo que se le erizara la espina dorsal y mirara con expresión recelosa hacia afuera. Aquel potente rugido que indicaba la presencia de un motorizado en las adyacencias, era suficiente para producir nerviosismo en cualquier persona, debido a la mala fama que se habían ganado los motorizados en general. Carlos, al pensar en eso, apretó con fuerza su maletín, temeroso de que le arrebataran su celular o pertenencias.

El tiempo transcurría lentamente, como el sudor viscoso que se extendía por la nuca de Carlos y se entremezclaba con el olor corporal de las personas del Metrobús. La sensación de asfixia y la molestia que le generó tener que soportar una docena de cuerpos aplastados contra el suyo, se mantuvieron con él hasta que llegó finalmente a su parada. Entonces se bajó y empezó a caminar de manera apresurada y hundido en sus pensamientos, por lo que le tomó menos tiempo del pensado en llegar a su puesto de trabajo. Apenas entró en el ascensor del edificio, hurgó distraídamente en su maletín en busca de su celular, con la intención de llamar a su esposa, Sofía, y avisarle que había podido llegar a tiempo al trabajo. Pero su corazón se detuvo al instante, y un chorro de adrenalina se disparó en su cerebro cuando palpó varias veces la mochila en busca de su celular, descubriendo que el aparato había desaparecido del interior de su maletín.

—No me puede estar pasando estomurmuró el hombre para sí mismo, mientras giraba sus pasos como loco, tratando de hacer memoria y de pensar dónde había dejado su celular. Cuando escarbó dentro del maletín y en el bolsillo del pantalón una última vez, invadido por el nerviosismo y la impotencia, encontró un pedazo de papel suelto que él no recordaba. Lo desdobló con dificultad a causa del temblor de sus manos y lo leyó:

“Tú y tu celular esconden muchos secretos. Si lo quieres de vuelta, encuéntrame en la Pizzería de la Trinidad a las 4:20 p.m. No faltes

Carlos maldijo un par de veces y dio una patada en el aire, envuelto por la impotencia. Bufó, intentando calmarse, y barajó nuevamente sus opciones.

Podía simplemente dar el celular por perdido, pero le había costado mucho dinero obtener un iPhone de última generación para dejárselo quitar así como así, y tampoco tenía dinero para reponerlo.

Lo que era peor aún….

Carlos volvió a leer la frase “Tú y tu celular esconden muchos secretos”.

Se recostó contra la pared, intentando tranquilizarse, al momento que pensaba en su familia, en su esposa y en sus dos hijas. Un miedo atroz lo invadió al imaginarse todo ese cúmulo de información en manos ajenas y crueles, que estarían dispuestas a delatarlo si él no se presentaba a aquella cita clandestina. El rostro de Sofía, su esposa, cálido y lleno de vida, se transfiguraba en el de una mujer herida y desalmada que hacía lo imposible por separarlo de sus hijas, si tan sólo llegara a descubrir la verdad.

No.

No podía darse ese lujo. Ese celular escondía muchísimas cosas que no estaba dispuesto a perder, y su vida quedaría completamente reducida al polvo si el ladrón se atrevía a divulgar la información.

Carlos Hernández caminó entre los cubículos y se sentó, aún nervioso y sudando sobre su escritorio. Cogió el teléfono local y marcó una serie de números, mientras esperaba que alguien del otro lado contestara.

Cariño…— Carlos percibió su propia voz un poco temblorosa e intentó darse valor. —Cariño. Ya estoy en el trabajo.—

Del otro lado del auricular se escuchó una voz femenina y bulliciosa.

—Sí, querida. Es que me robaron el celular. Sí, estoy bien. No me ha pasado nada. No fue un motorizado. No, no… me hurtaron más bien. Ni me di cuenta. Por favor, elimina el número por ahora, o no aceptes llamadas entrantes.— Carlos se detuvo para escuchar el repicar de aquella voz. —¿Find my iPhone? No usaré eso amor, tengo mucho trabajo hoy. Sabes cómo es Caracas… mi celular ya debe estar paseando por los peores barrios de la ciudad. Sí, te mantendré informado, amor. Hasta pronto.— y colgó.

Carlos se sintió tranquilo después de haber dicho aquella mentira, y con alivio planificó cómo se escaparía del trabajo antes de las 4:20 p.m para poder asistir a aquella misteriosa cita. Pero su día no transcurrió como él había planeado, puesto que antes del mediodía los mandaron a todos a desocupar el cubículo e irse a casa, debido a que el país estaba en caos nuevamente, por la situación política de éste, y distintas personas estaban trancando las calles de la ciudad con basura, palos y escombros, para demostrar su disgusto con el presidente actual y el gobierno.

Carlos recibió dicha noticia con buena cara, pues eso significaba que podría aventurarse antes a rescatar su celular.

—¿Honorio? Disculpa, amigo. Me robaron hoy el celular. ¿Puedo utilizar el tuyo para mandar un mensaje de texto?—

—¡Cómo no, Hernandez! Ten, pero sólo un mensaje.—

Carlos sujetó el teléfono y tecleó con rapidez un corto mensaje para un número que se sabía de memoria.

“Mi gorda hermosa, estoy en el trabajo. Recuerda no escribirme al celular, pues me lo han robado. Te aviso cómo logro comunicarme contigo

Y escrito esto, Carlos abandonó el edificio y caminó tranquilamente hacia el metro, pensando en que llegaría a la Trinidad en cuestión de minutos, almorzaría en la Pizzería, y esperaría allí hasta que apareciera el ladrón. Pero grande fue su sorpresa cuando se encontró que, debido al caos patriótico del país, el metro estaba cerrado, y habían millones de personas como él, caminando por la calle, hundidos en una desesperación que lo contagió en un abrir y cerrar de ojos.

Claro, lo que me faltaba: ¡Venezuela!— habló solo el hombre, haciendo que unas personas giraran los rostros. —¡No puedo tener un día tranquilo porque ya me intentan joder! Primero me roban, después no me dejan trabajar, y ahora estoy atrapado en el Centro.— dio una patada en el suelo, lleno de rabia. —Piensa, Hernández, piensa.— se dijo así mismo, sintiendo el peso de la culpa que lo atormentaba.

¿Qué pasaría si no podía llegar hoy a su destino?

¿Qué pasaría si no podía recuperar su celular?

¿Aquella persona sería capaz de, no sólo robarlo, sino además divulgar su información personal?

¿Sería él el responsable de arruinarle la vida?

Su corazón empezó a latir desbocadamente, pues todas las fotos y mensajes que guardaba en su iPhone serían suficientes para ponerle fin a su matrimonio, a sus hijas y a su familia.

¿Cómo había dejado que algo como aquello sucediera?

¿Por qué había confiado en algo tan material y efímero como un celular para salvaguardar todas las locuras que hacía cuando no estaba en casa?

¿Qué tal si ya habían llamado a su casa? Qué tal si Sofía ya sabía la verdad….

Carlos negó rápidamente con la cabeza, se limpió el sudor de la cara y decidió seguir adelante. Optó por agarrar un autobús, un método de transporte público lento y precario, pero que seguramente lograría sacarlo del Centro de la ciudad. Lamentablemente, el hombre debía coger al menos 5 como esos si quería llegar a la Trinidad, y lo que era peor aún, estaba seguro de que no llegaría a la hora acordada transportándose únicamente en autobús.

Como naturalmente lo supuso, se encontró con más de un contratiempo. Después de haber recorrido varias zonas como La Hoyada, Colegio de Ingenieros, Bellas Artes, Plaza Venezuela, Chacao y Chacaito en autobús, el cielo hizo de las suyas, y un diluvio cayó sobre la Ciudad, ralentizando más aún su recorrido. Con hambre, amargura, frío, y uno de sus zapatos pisados con pupú de perro, se vio obligado a aguantar una hora, sentado en uno de los autobuses, hasta que tomó la decisión de bajarse de él y caminar, debido a que las calles seguían trancadas y no dejaban pasar ningún carro. Cuando finalmente revisó su reloj, su corazón dio un vuelco, pues el reloj apuntaba a las 3:30 p.m., y él aún estaba a medio camino de llegar. Desesperado, decidió perder el miedo y optar por su última y más atolondrada opción: le pagaría a un motorizado, vulgarmente conocido como mototaxi, para que éste, pudiera atravesar el resto del camino lleno de basura, escombros y lluvia.

Mototaxi

El motorizado, un tipo moreno y desgarbado, que llevaba unos lentes de sol muy coloridos y un casco de segunda mano, frenó aparatosamente justo cuando pasaba debajo de un puente, entrando a la Trinidad, puesto que la lluvia era torrencial y no se podía continuar manejando.

Hasta aquí llego yo.— le anunció el motorizado con su voz cargada de acento de barrio.

—¡Pero he pagado 12,000BsF por esta carrera!— chilló Carlos, revisando nuevamente la hora con bastante agitación: 4:00 p.m. —¡Usted es un bueno para nada! ¡No sirve! Necesito estar en la Pizzería, eso está a más de 4 cuadras de aquí. Si no me va a llevar al menos devuélvame mi dinero, ¿cómo pretende que llegue hasta allá a tiempo?—

El motorizado se ofendió.

—¡No le voy a devolver un coño! Y vamos, ¡desaparezca! Antes de que cambie de opinión.— y dicho esto de muy mala gana, le mostró a Carlos un artefacto pequeño y negro que llevaba escondido en sus vestiduras, y Hernández asumió que era una pistola.

—Ah, ¿Es que también me vas a robar tú?— preguntó con odio, mientras se le bajaba rápidamente la tensión. Carlos no esperó respuesta del motorizado y arrancó a caminar hacia la pizzería, emparamándose de agua en el camino.

Cuando finalmente llegó, la pizzería estaba atestada de gente que veía la lluvia pasar y no se atrevían a salir del establecimiento. Muchos ojos miraron a Carlos Hernández cuando este entró, a las 4:30 p.m., totalmente emparamado de pies a cabeza y sin un zapato.

El hombre respiraba con dificultad, y pasó a pedir una mesa para sentarse e intentar secarse un poco la ropa. Pensaba en qué le diría a su mujer cuando llegara a su casa.

—¿Señor Hernández?— Carlos levantó la mirada con rapidez y se sorprendió al ver una chica joven de expresión afable. Era una venezolana alta y esbelta, con un pecho bien proporcionado y un excitante culo. Sus ojos, sin embargo, eran tan verdes como cualquier selva.

—¿Tú tomastecelular?— quiso saber el hombre, segundos después de evadir el embrujo de aquellos ojos y aquel excitante cuerpo. La pudo recordar vagamente, al haber sido la mujer con la que chocó en el Metrobús esa misma mañana. —¿Tienes idea de lo que pasé hoy para llegar aquí? ¿Puedo saber por qué hiciste semejante barbaridad? Tengo un amigo en el Ministerio de Interior y Justicia, y no dudará ni un segundo en meterte presa por lo que me hiciste. — el hombre calló, sintiéndose muy enfadado, al ver que la mujer no hacía más que mirarlo con curiosidad y dedicarle una sonrisa amplia y brillante. —Te demandaré. Acabaré con tu vida, muchachita. De paso sentí que me estabas amenazando. ¿Piensas que puedes ir por la vida amenazando con revelar la información de otros?—

De hecho, sí.—

—¿Cómo has dicho?—

De hecho, sí, Sr. Hernández.— repitió con la voz fuerte y clara. Su semblante cambió, sacó el iPhone de Carlos del bolsillo junto con una carpeta llena de documentos. —La verdad es que llevo tiempo siguiéndote, Hernández.—

—¿Por qué?— preguntó el hombre, mirando con espanto la carpeta. —¿Qué es todo esto?—

—La evidencia de lo que tú eres.—

—¿Lo qué yo soy? Me vas a hacer el favor y…—

Te llamas Carlos Hernández. Tienes una esposa, llamada Sofía Consuelo, y una hija adolescente llamada Carla Hernández Consuelo. ¿Correcto? Lamento informarte que he descubierto tu segunda identidad: Rafael Osorio, casado actualmente también con una mujer llamada María Gabriela Rodríguez, padre de una pequeña chica llamada Claudia. Estas dos mujeres no están conscientes de que eres un desfachatado, un imbécil y un infiel. Y andar por la vida con doble identidad es un delito. Es más, estar casado dos veces te llevará a ti a la cárcel.— soltó con soltura y una voz tierna y frágil, pero cargada de ironía.

Carlos recibió aquella noticia con estupefacción. Tragó saliva y bajó la mirada, intentando pensar en cómo zafarse de esta.

Cuando el silencio reinó entre ambos por varios segundos, el hombre finalmente levantó la mirada de nuevo hacia la chica.

—¿Qué quieres? ¿Quieres dinero? ¿O trabajas para el gobierno? ¿Piensas encarcelarme aquí?— la chica dibujó una sonrisa gigantesca y ponzoñosa. Se pasó una mano por la cara con suavidad, como si estuviera meditando su respuesta, y le lanzó una última pero bastante esclarecedora mirada a Carlos Hernández.

(. . . .)

Habían pasado muchas cosas en la vida de Carlos Hernández desde que había recuperado su celular.

Ya no tenía que andar en Metrobús, pues había logrado comprar un carro nuevo y tenía un iPhone nuevo además del que conservaba. Carlos escuchó el timbre de su segundo celular y se apresuró a sacarlo de la guantera. Suspiró mientras deslizaba la yema de sus dedos por la pantalla táctil, y sonreía distraídamente al mensaje de su tercera esposa, pues ésta ya lo estaba esperando para cenar.